domingo, 29 de marzo de 2026

La casa de Carlos Augusto León

 


Carlos Augusto León


A comienzos del año 1992, estuve en casa del poeta venezolano Carlos Augusto León. Un sábado por la tarde lo visité con la encomienda expresa de mi amiga Débora Matheus Bencomo: entregarle un libro que ella enviaba desde Mérida. Rumores terrenales acababa de salir de la imprenta y la poeta se sentía feliz de hacérselo llegar. Entre ellos existía cierto grado de filiación, pues el poeta estaba casado con Lupe Bencomo de León, prima de Débora.

Encontrar la quinta en Los Chorros resultó sumamente difícil. Al parecer, la nomenclatura de las calles tiende a confundir a quienes no conocen la zona. Caminé bastante; di vueltas buscando la calle y no la encontraba, a pesar de que el propio poeta me había explicado por teléfono cómo llegar.

Pasé media tarde intentando dar con el sitio. Todo parecía confabularse contra mis intenciones, pues recorrí casi toda la urbanización y nada que conseguía la dirección. Finalmente, pedí información a unos patrulleros de la Policía de Chacao; para mi fortuna, ellos conocían la casa del poeta y me llevaron hasta allí.

Un poco temeroso, me acerqué a la puerta. El poeta Carlos Augusto y su esposa Lupe me esperaban. Una sonrisa amistosa y un estrecho abrazo fortalecieron el encuentro. A partir de ese momento, el tiempo se desvaneció y una agradable conversación nos mantuvo ocupados el resto de la tarde.

Conversar con Carlos Augusto resultó espléndido. Un sinfín de anécdotas de su vida acompañó la disertación del poeta. Me sentí abrumado por tanta información y por el cariño que mostró desde el comienzo; una charla informal que deshizo, poco a poco, los rasgos de timidez que me acompañaban.

Después de entregarle el libro de Débora Matheus, al cual elogió, le di un ejemplar de mi primer acercamiento poético. Mi libro primigenio pasó a sus manos. Por supuesto, yo no esperaba un juicio de valor, pues estaba ante una de las figuras más prominentes de la poesía venezolana. Lo primero que me preguntó, después de leer mi nombre, fue por mi segundo apellido. Este no aparecía en el libro. Entonces, me espetó sin contemplaciones que mi nombre era muy común y que, por lo tanto, firmara mis obras de ahora en adelante con los dos apellidos. Nunca lo olvidé y, hasta hoy, sigo su consejo.

Carlos Augusto León no se limitó a atenderme en su sala de recibo. Con un amor sincero e inquebrantable, me habló de sus amigos; de los muchachos que subieron a la montaña para incorporarse a los diferentes frentes guerrilleros que, en la época más dura de Venezuela, se formaron en todas las regiones del país. Me dijo entonces que muchos de ellos habían sido sus alumnos en la Universidad Central de Venezuela (UCV) y que los apoyó sin miramientos, bajo la amenaza constante de los diversos cuerpos policiales que perseguían, torturaban, desaparecían y asesinaban.

Me paseó por su casa. Los libros abarrotaban su biblioteca, pero además convivían con una cantidad de objetos dispuestos por todas las habitaciones.

—Este es un regalo de Navidad que me trajo una de mis alumnas desde China —me dijo.

Y como un niño, tomó el pequeño juguete, le dio cuerda y lo puso a andar mientras lo observaba con deleite y admiración. Se notaba en su sonrisa el amor inmenso del poeta por aquel extraño artilugio de hojalata.

Me habló de sus años de exilio, de los sufrimientos de la cárcel y de las contradicciones surgidas entre sus amigos. Muchos le traicionaron con el paso de los años; algunos le habían acompañado en su primer exilio y luego pasaron a bandos opuestos, desde donde le consideraron peligroso para sus intereses. Junto a su quehacer poético, se movió en el maremágnum político que sacudía la época.

Muchos temas de conversación fluyeron. En realidad, me dediqué a preguntar cada vez que el poeta introducía uno nuevo. Su discurso se hilvanaba perfectamente; disfrutaba contando anécdotas y recuerdos, incluso los más tristes. Mientras tomábamos un café preparado por Lupe, la tarde se marchitaba.

Quiso entonces enseñarme las obras de arte que llenaban las paredes de la casa, y me fue señalando los autores de las pinturas. El devenir del tiempo ya no me permite recordar todos sus nombres, pero eran artistas renombrados. Carlos Augusto León sonreía mientras explicaba que eran regalos de sus amigos.

Se detuvo ante uno al que consideraba especial por las múltiples lecturas que se le podían dar: setenta refranes populares de Venezuela. Entonces recordé Los proverbios flamencos de Pieter Brueghel el Viejo, que data de 1559. En esa obra se ilustran o pintan unos cien proverbios; a simple vista, es un cuadro que recrea una escena de la época: un pueblo imaginario lleno de personajes y animales que realizan diferentes faenas. Sin embargo, cuando se observa con atención, puede realizarse la verdadera lectura de cada escena. Los personajes interpretan tantos proverbios como intenciones tuvo su autor.

El cuadro de la casa de Carlos Augusto León tenía muchas similitudes con el de Brueghel, y el poeta lo sabía bien; solo que allí se trataba de refranes venezolanos. Confieso que, al primer momento, no conseguía identificar ningún refrán representado en la pintura, así que él fue enumerando algunos:

—Mira allá: «perro que ladra no muerde» —y, efectivamente, noté la presencia de un perro ladrándole a un señor.

—«El que madruga recoge agua clara» —señalaba él, y entonces yo lograba leer el refrán sin dificultad en la pintura.

Estuvimos un rato contemplándola mientras él relataba todas las acciones de los refranes que a mi vista permanecían ocultos, y que se develaban solo con la lectura del poeta.

Ya pronta a llegar la noche, me trajo un libro. Solamente el alba lo dedicó con el cariño que se puede tener a un amigo. Entonces lo consideré entrañable, por el afecto y la solicitud demostrada durante mi visita. Un poeta sencillo, sin ínfulas de grandeza, a pesar de ser uno de los protagonistas de nuestra historia política y literaria.

La dedicatoria reza: “Carlos Augusto León dedica este ejemplar de Solamente el alba, poemas, en memoria de su visita a nuestra casa. Cordialmente, Carlos Augusto. 11.1.92”.

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario