Aquiles Nazoa
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| Jean-Babtiste Marie Pierre (1714-1789), francés |
Melchor,
Gaspar y Baltasar, cuyos nombres de humo vagan en Nochebuena por entre los
sueños de todos los niños del mundo, vienen sobre sus viejos y lentos camellos
por las azules sendas de Galilea. En la alta noche, desde el cielo, una
estrella les va enseñando el camino de Belén. A Belén van los tres, que un
ángel le ha anunciado el nacimiento del Niño Dios en un pesebre abandonado y
ellos se apresuran a llevarle sus mejores presentes al enviado del cielo. A las
puertas del pueblo hombres de rojas túnicas y barbas negrísimas miran curiosos
el paso de los forasteros; el viento fresco lleva hasta ellos el rumor de las
conversaciones y del agua presa en las cántaras de Samaria, que llevan al
hombro las mujeres altas y bellas que a su paso los contemplan con larga
mirada. Han llegado los reyes al
pesebre; han llegado y de sus alforjas van sacando las ofrendas al Niño Jesús:
oro que canta y brilla e incienso y mirra, que son como regalos de luz y de
aromas. La mula y el buey, al lado del pesebre, del Nacimiento, son los mudos
amigos del recién nacido. El vaho caliente que fluye de sus belfos entibia y
perfuma a heno la atmósfera del pesebre, y son dulces sus miradas porque los animales del buen Dios hablan con
los ojos y la mula y el buey están diciendo cosas del Santo Niño.
